Hay casas que se construyen con ladrillos… y otras que se levantan con recuerdos.
Esta es de las segundas.
En el corazón de Nava del Rey, entre Valladolid y Salamanca y a un paso de Medina del Campo, se alza esta casa grande de dos alturas que no solo ofrece espacio, sino alma.
Pegada a la torre de la Iglesia, su silueta se impregna de historia y romanticismo; las campanas marcan el tiempo y la piedra antigua protege la intimidad de un hogar vivido y cuidado con mimo.
La vivienda se distribuye en dos plantas completas, pensadas para compartir, para reunirse y para disfrutar sin prisas.
Cuenta con 6 habitaciones amplias —tres en cada planta—, 2 baños, dos salones llenos de luz y dos cocinas, una por planta, que hablan de celebraciones familiares, de aromas que suben por la escalera y de mesas largas donde siempre cabe alguien más.
El patio, íntimo y acogedor, es un pequeño refugio donde el silencio del pueblo se mezcla con el cielo abierto: desayunos tranquilos, noches de verano, plantas que crecen despacio. Un rincón que invita a quedarse.
La casa guarda auténticos tesoros:
una bodega en perfecto estado, despensa, trastero, lagar para el vino, espacios que conectan con la tradición y el placer de lo auténtico.
El garaje aporta comodidad, pero es la sensación de hogar lo que realmente destaca.
Todo en esta casa transmite cuidado, calidez y una energía especial, como si las paredes supieran escuchar. Es una vivienda con carácter, con historia, con esa “pegada” que no se explica, se siente.
No es solo una casa grande.
Es un lugar donde vivir despacio, donde crear recuerdos y donde cada rincón cuenta algo bonito.
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